Antonio AltarribaNació en Zaragoza en 1952 y siempre ha vivido entre absorto y abducido por la ficción.

De niño leía con pasión todo tipo de narraciones pero, más que leerlas, le gustaba inventarlas. Pasaba horas dibujando batallas o urdiendo intrigas para la docena de indios que componían mi arsenal de juguetes. Le bastaba abrir el Atlas (Salinas, edición de 1958) para imaginar los más extraordinarios viajes o las más rocambolescas aventuras.

También disfrutaba contando historias a su amigo Antonio Sarrablo. Iban y volvíamos juntos de clase y él me las arreglaba para que la acción alcanzara su punto culminante al llegar al portal de casa. Así se aseguraba de que, al día siguiente, Sarrablo, aunque solo fuera para conocer la continuación, vendría a buscarlo. Eran historias inspiradas en tebeos, películas, seriales radiofónicos, novelas de aventuras y contadas desde la erupción hormonal. Esa manera de iniciarse en el arte de narrar le dejó claro desde un principio que, al igual que tantos otros, escribe para que lo quieran o, al menos, para que lo acompañen al colegio.

Lo de menos para él ha sido la forma de contar. Encauza la imaginación por canales distintos y la vierte en viñetas, fotos o palabras. Así varía y se hace la ilusión de que no escribe siempre la misma historia. Cree que diversidad y diversión van de la mano y no solo en la etimología.

¡Mira lo que pone en Wikipedia sobre él y mira lo que pone sobre El arte de volar!

Si te apetece, puedes ver su web, donde encontrarás información sobre el cómic que guionizó: El arte de volar.

El título de su plenaria en Lenguando a la riojana es «Lenguando imágenes. El arte de volar como relato gráfico».

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